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Pensar (en) la clínica con niños. La Literatura Infantil como posible dispositivo de intervención subjetivante. Dra. Gloria Berciartúa

Fga. María Alejandra Giuggia
Mat. N° 98/2

Este escrito surge, a partir de mis años de trabajo, siguiendo la premisa planteada por Gloria y las lecturas generosamente ofrecidas.

UN ESPACIO PARA LOS LIBROS

Pensando (en) la clínica con niños me permito reconocer el valor de contar en nuestra práctica con un “espacio” para los cuentos, los libros, las historietas, en fin, para la Literatura en general. Aclaro que el encomillado se refiere a la doble significación de espacio en tanto, lugar y tiempo, ambos de la misma jerarquía como oferta en una situación diagnóstica o terapéutica.

Para comenzar intentaré retomar conceptos de voces autorizadas en el uso de la palabra al servicio del placer de contar historias.

Graciela Montes (2001) se pregunta: ¿Dónde debemos poner a la Literatura? Y para responderse toma conceptos de Winnicott que le permiten construir lo que denomina la frontera indómita de las palabras. Este autor parte del niño que a poco de su nacimiento debe ir construyendo sus fronteras y al mismo tiempo consolando su soledad. Entre su deseo y el objeto deseado, su madre, se ubica esta zona de transición. Y en ella los objetos transicionales: la manta, el peluche, el juego, que le permiten tolerar la ausencia materna. Y también ubica aquí a la cultura. Siguiendo esa línea Montes dice: “ La literatura, como el arte en general, como la cultura, como toda marca humana, está instalada en esa frontera… Un territorio necesario y saludable, el único en el que nos sentimos realmente vivos… En otro texto, que su oficio tan claramente le permite expresar dice: “…hay palabras como peces, algunas oscuras, otras luminosas pero también otras que son a la vez oscuras y luminosas y algunas pesadas que se vuelven aéreas cuando otra las toca. Con esos peces se irá haciendo el texto…….Y el texto se va armando con ciertos peces y no con otros, con las palabras en cierto orden.” Con esta bellísima metáfora describe al mundo de las palabras del que irán emergiendo los personajes, las acciones, las circunstancias y las ideas a la hora de contar una historia.

Laura Devetach (2012) afirma que la Literatura para chicos es en esencia Literatura y quien escribe para ellos debe conocer sus propias formas de comunicación, y propiciar la capacidad creadora del lector para que frente a la obra escrita no participe en una función receptora: “Es esencial que la mente del niño tenga la elasticidad necesaria para que su relación con la realidad sea el resultado del ejercicio de su capacidad selectiva. Esto se produce cuando se logra mostrar un mundo que signifique la apertura hacia otros mundos posibles entre los que cada cual puede elegir el suyo”.

Entonces, el humor, los elementos poéticos, las palabras extraídas de sus juegos, la fantasía y otras tantas vías de comunicación harán del pequeño lector o escuchante un participante activo.

María Teresa Andruetto (2015) habla de los libros como puentes hacia otros y hacia zonas desconocidas de nosotros. “A un extremo y al otro de lo escrito y de lo leído hay personas que se encuentran y ese momento que ofrece la lectura es el puente en el que se encuentran dos subjetividades que pueden incluso ser de distintos siglos, de distintas culturas, de distintas lenguas”.

Por tal razón afirma que no existen los libros ni la Literatura sin los lectores, sean niños o adultos, a quienes el libro interroga, interpela. Y para que un niño se convierta en un lector seguramente antes hubo otros lectores, que tendieron puentes, una familia, un maestro, un amigo. Un lector que a través de la ficción puede expandir los límites de su experiencia accediendo a un fragmento de un mundo que no es el suyo y conocer otros mundos posibles. Estas últimas palabras me conducen a mencionar a Jerome Bruner (1996) quien en su libro Realidad mental y mundos posibles, revela que existe otra faceta de la mente: la destinada a los actos humanos de la imaginación, que nos permiten dar sentido a la experiencia. Es la que produce buenos relatos y él llama “modalidad narrativa”.

No quiero dejar de mencionar a Gianni Rodari (1973) quien aún hoy sigue estando vigente y se define como inventor de historias. En su libro Gramática de la Fantasía nos desafía a jugar a crear relatos. El binomio fantástico, A equivocar historias, Ensalada de fábulas, Qué sucede después ,son algunos de los capítulos fascinantes que nos llevan a armar o invitar a un niño a armar un relato disparatado.

En este recorrido intentando reconocer referentes en la tarea de construir relatos, incluiré a Fanuel Hanán Díaz (2007) quien ha valorizado la lectura de imágenes a partir del libro álbum. Un libro con poco texto y un papel preponderante de la imagen.

La primera diferencia que establece entre la lectura de imagen y la lectura del texto, es que ésta involucra una lectura lineal. Los párrafos se suceden en consecuencia y esto determina un modo lineal de leer. Aparecen un comienzo y un final claramente visibles que imponen un orden que debemos seguir. Ante una imagen no es posible determinar precisamente por dónde comenzar a “leer”. El ojo la percibe como una estructura global y según una zona de interés inicia un recorrido desordenado por la superficie. Diversas “pistas” seducen al ojo y lo guían por diferentes partes de la escena. La imagen permite explorar y en ese camino conduce a interpretar, dos actividades afines con la infancia. Los ilustradores de los cuentos y en especial el caso del libro álbum saben muy bien cuán importante es su participación en ese objeto cultural.

Y en esta tarea de interpretación Hanán Díaz señala ciertas unidades: el ícono como la imagen, el índice que insinúa, el símbolo que colabora para otorgar sentido, los informantes que contextualizan la historia. Debo decir que los niños son muy sensibles a percibir estas unidades y disfrutan de la exploración de las imágenes, a veces, hasta “agotarlas”.

Tras haber elegido sólo algunas palabras de las muchas que recorren los infinitos caminos que los libros abren, no puedo sino confirmar mi decisión de privilegiar ese “espacio” al que me referí al inicio de este escrito. El espacio para las narraciones orales o escritas, o las que son transcriptas en imágenes fijas o animadas en las que suceden cosas que merecen ser compartidas. Y también el de las historietas, los libros de chistes, adivinanzas y acertijos.

Comencé este trabajo posicionándome en la clínica. Ahí, donde nos encontramos con niños que no hablan, hablan poco o hablan mal o no leen, leen con arduo esfuerzo o leen mal. Y muchos de ellos, mostrándonos varias de estas situaciones a la vez. Niños a los que el escaso dominio la palabra dicha o escrita los ubica en una posición de desventaja en relación a los demás. Niños y también adolescentes de quienes se duda sobre sus posibilidades cognitivas por sus dificultades para decir, comprender, leer o escribir. Niños y adolescentes a los que en ocasiones hasta sus propios padres ubican en el lugar del que no puede.

Muchas fueron las ocasiones en que me escuché diciendo:

- ¿Viste que pudiste leerlo?
- ¡Qué lindo contaste ese cuento!
- Cuantas cosas encontraste en este dibujo del cuento
- Me gusta el título que le pusiste a esta historia
- Hoy te toca a vos elegir el cuento.

Podría afirmar que son ésas las muestras de que es posible pensar a la Literatura, en todas sus formas, como dispositivo de intervención subjetivante, en respuesta a la pregunta que me llevó a reflexionar sobre mi propia práctica. Tomando palabras de Andruetto considero que nuestra labor como terapeutas de lenguaje es tender puentes. Porque los puentes vinculan, permiten llegar a la otra orilla. Y en ese tránsito me identifico con la invitación:

-¿Lo contamos juntos?
-¿Lo leemos entre los dos?
-¿Y si probamos primero con una historieta?
- ¿Vamos a ver qué hizo el dibujante de este libro?

Nada tan gratificante como esas miradas que me dicen:
Lo logré! O esas sonrisas que interpreto como un: Pude!

Recuerdo a un pequeño que en su afán por descubrir qué “decía” el texto en un libro de cuentos dijo, ante su primer acto de lectura: - “las letras se me juntan solas!”, asombrado al descubrir ese extraño proceso de “unir” letras y encontrar sentido.

O aquel que luego de devolverme un libro prestado la sesión anterior me pide que le preste ese día “el de los dinosaurios” para mirarlo con su hermanito. -”Ése no lo leo porque tiene nombres difíciles”

Las oportunidades de conectarnos que los libros nos ofrecen son innumerables y de lo más variadas. Pueden permitirnos, en el proceso diagnóstico, encontrar el significado de un síntoma buceando en la subjetividad del niño. Y pueden ayudarnos a crear un lugar de reconocimiento que promueva cambios para salir del laberinto donde el niño queda atrapado. Y tanto más valiosa será esa oportunidad para chicos en cuyos hogares no circulan los libros, no se presencian actos de lectura, no se narran historias, no se juega con el lenguaje.

Muchas veces porque los medios no alcanzan y tantas otras porque no se encuentra el tiempo o “el espacio”. Y en esa ausencia, nuestra tarea toma valor de sostén para que algo del lenguaje o el proceso de alfabetización comience a desplegarse.

Porque, tal como lo afirma Larrosa, la infancia nunca es lo que sabemos pero es sin embargo portadora de una verdad que debemos de ponernos en disposición de escuchar.

Para terminar y pensando en aquello que sucede en los límites de nuestro consultorio o en todo lugar en que nos toque desarrollar nuestra labor, quisiera compartir estas conocidas palabras de Rodari: “El uso total de la palabra para todos me parece un lema de bello sonido democrático. No para que todos sean artistas sino para que nadie sea esclavo”.

 

Colegio de Fonoaudiologos de Rosario